Por Mgter Gabriel Ainciart. Presidente FLEDNI Fundación.
La neurodiversidad es una noción reciente, pero de raíz profunda: propone que las diferencias neurológicas —como el autismo, el TDAH, la dislexia, entre otras— forman parte natural de la variabilidad humana. Esta perspectiva no niega el sufrimiento ni las dificultades, pero se opone a concebir estas diferencias como patologías a corregir. En lugar de medicalizar la diversidad cognitiva, el paradigma neurodiverso invita a comprenderla como una condición que requiere apoyos, respeto y ajustes en el entorno.
El término fue acuñado en la década de 1990 por la socióloga australiana Judy Singer y rápidamente adoptado por comunidades autistas que buscaban afirmar una identidad propia. Desde entonces, el concepto se expandió a múltiples ámbitos: activismo, educación, salud, política pública. Hoy, hablar de neurodiversidad es hablar de derechos humanos, de accesibilidad y de convivencia plural.
Las imágenes que acompañan esta sección muestran escenas de comunidad: personas interactuando, creando juntas, compartiendo espacios sin jerarquías ni etiquetas. No hay dispositivos clínicos ni posturas forzadas. Lo que hay es vínculo. Y en ese vínculo se despliega una ética de la presencia: estar con otros sin pedirles que cambien para encajar.
La neurodiversidad como marco crítico también cuestiona el uso indiscriminado de etiquetas diagnósticas, muchas veces definidas por su funcionalidad frente a la norma escolar o productiva. En lugar de preguntar “qué le pasa”, el paradigma propone preguntar “qué necesita” y “cómo podemos acompañar sin violentar”.
Este giro se apoya en documentos clave como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (ONU, 2006), que consagra el principio del respeto por la diferencia como parte de la condición humana. La neurodiversidad no busca eliminar el diagnóstico, sino descentrarlo: que deje de ser destino y comience a ser herramienta.
En la microgalería, esta imagen no está anclada en un lugar ni en una fecha: está en el presente continuo. Representa una práctica social que ya existe, pero que todavía necesita visibilización, legitimidad y políticas públicas. Su inclusión al final del recorrido no es casual: tras siglos de exclusión, medicalización y encierro, la comunidad neurodiversa emerge como sujeto colectivo que se organiza, produce sentido y exige reconocimiento.
La pluralidad neurológica es una realidad. El desafío contemporáneo no es definirla ni medirla, sino construir los entornos donde esa pluralidad no solo sea tolerada, sino celebrada.