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El Navío de los Locos – Hieronymus Bosch (1490–1500)

Antes de existir los manicomios, la sociedad apartaba a las personas consideradas locas, enviándolas fuera en barcos. Foucault llamó a esto “exclusión flotante”: una forma de control sin encierro, pero sin voz.

El Navío de los Locos – Hieronymus Bosch (1490–1500)

Por Mgter Gabriel Ainciart. Presidente FLEDNI Fundación.

La pintura El Navío de los Locos (Ship of Fools) de Hieronymus Bosch, realizada entre 1490 y 1500, constituye una de las primeras representaciones visuales de la locura como objeto socialmente diferenciado y desplazado. Esta obra, cargada de simbolismo, retrata a un grupo de figuras grotescas y absurdas embarcadas sin rumbo claro, comiendo, cantando y bebiendo bajo la sombra de una bandera eclesiástica. El navío, desvinculado de todo paisaje geográfico concreto, flota a la deriva. Su tripulación no tiene destino, y lo que comparten no es una comunidad, sino una forma de exclusión: han sido lanzados juntos al margen, al límite flotante del mundo conocido.

Michel Foucault se refiere a esta imagen al comienzo de su Historia de la locura en la época clásica (1961), situándola como emblema de una primera forma de separación social: el extrañamiento sin encierro. "La nave de los locos es el lugar del tránsito: de la exclusión flotante, del viaje sin retorno", escribe. Se trata de un desplazamiento corporal que antecede a la institucionalización de la locura: la ciudad expulsa, la medicina aún no encierra. En este sentido, el navío no es una institución, sino un gesto: alejar lo que no se puede explicar.

En el siglo XV, la locura no tenía aún una definición clínica unificada. Se confundía con la herejía, el pecado, la pobreza, la disidencia. Las ciudades que no podían contener a sus habitantes "desviados" simplemente los sacaban, muchas veces en barcos como los que inspiraron la obra Das Narrenschiff (1494) de Sebastian Brant. Esta tradición cultural vinculaba la necedad, el pecado y la locura con el vagabundeo. El loco era errante por definición, y su errancia lo convertía en espectáculo y amenaza.

La pintura de Bosch plasma esta visión con una riqueza iconográfica notable. En el centro, un bufón toca laúd, mientras los demás personajes se disputan un pollo o intentan embriagarse. No hay razón, no hay destino, no hay ancla. El fondo es apenas una insinuación de paisaje: todo sucede sobre el agua, elemento clásicamente vinculado con el inconsciente, lo inestable, lo no normativo, lo informe y desterritorializado.

La nave representa entonces una institución simbólica: una comunidad de lo excluido. Una comunidad sin soberanía.

Esta imagen funciona como umbral de la historia moderna de la locura. Antes del manicomio, antes de la psiquiatría, antes incluso del concepto de "enfermedad mental", la locura era vista como otra cosa: como desviación de lo humano. La sociedad no sabía qué hacer con ella, y optaba por alejarla. El mar, el navío, el exilio eran respuestas primitivas pero efectivas: no curar, sino desaparecer.

La microgalería de FLEDNI comienza con esta imagen porque marca un inicio: el inicio del gesto excluyente. A diferencia de las formas más técnicas de control (como la lobotomía o el encierro), aquí se trata de un gesto arcaico y brutal: echar. La nave de los locos es, en este sentido, la precursora del hospital psiquiátrico, pero también del estigma moderno. Quien no entra en la lógica de la ciudad, debe salir de ella. Es una forma de frontera que se mueve: la frontera es el barco.

En el recorrido curatorial de la muestra, El Navío de los Locos es la puerta de entrada al debate sobre cómo la sociedad configura el margen. No muestra una institución concreta, sino la necesidad de producir una otredad y alejarla. Esa necesidad seguirá mutando en formas más organizadas (como las cadenas de La Salpêtrière o los pabellones de Seacliff), pero ya está presente en este barco. La locura, en la imagen de Bosch, no está sólo en los personajes, sino en la decisión de reunirlos y expulsarlos juntos.

Esta pieza nos recuerda que la historia de la neurodiversidad no comienza con un diagnóstico ni con una teoría: comienza con un gesto social de rechazo. Un gesto que se repite, con distintos ropajes, a lo largo de los siglos. Y que hoy, gracias al trabajo de colectivos, profesionales y comunidades, comenzamos a revertir

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