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Lobotomía: el hielo en la mente – Walter J. Freeman y víctimas

La lobotomía mutilaba cuerpos y mentes bajo el pretexto de “corregir” conductas, mostrando cómo la medicina normalizó la violencia sobre la diferencia. Su historia recuerda la importancia de la ética y la dignidad en la clínica.

Lobotomía: el hielo en la mente – Walter J. Freeman y víctimas

Por Mgter Gabriel Ainciart. Presidente FLEDNI Fundación.

La lobotomía representa uno de los capítulos más controversiales y oscuros de la historia de la psiquiatría moderna. Ideada inicialmente por el neurólogo portugués Egas Moniz en 1935 —quien recibió el Premio Nobel en 1949 por este procedimiento—, la técnica consistía en cortar las conexiones del lóbulo frontal del cerebro para reducir síntomas de agitación, ansiedad o conducta considerada “desviada”.

Sin embargo, fue en Estados Unidos donde la práctica alcanzó su máxima expansión, de la mano del psiquiatra Walter J. Freeman. Freeman no solo aplicó la técnica, sino que la convirtió en símbolo de eficiencia psiquiátrica: desarrolló un método simplificado conocido como “lobotomía transorbital”, que podía realizarse en consultorios o incluso sin anestesia general. Con un instrumento similar a un picahielo, introducido por la cavidad ocular, seccionaba fibras prefrontales en segundos.

Entre las décadas de 1940 y 1950, más de 20.000 personas fueron lobotomizadas en Estados Unidos. La mayoría eran mujeres, niños y personas internadas de forma crónica. Los criterios de aplicación eran vagos: desde trastornos depresivos y obsesivos hasta “conducta problemática” o “falta de cooperación”. Si bien algunos pacientes mostraban calma o reducción de síntomas, muchos perdieron funciones cognitivas, afectivas y motoras de forma irreversible. La lobotomía no era una cura, sino una mutilación aceptada como tratamiento.

Tres imágenes acompañan esta sección: la primera muestra el “antes y después” propagandístico de una mujer lobotomizada, parte de los esfuerzos por presentar la técnica como un éxito clínico; la segunda captura a Freeman junto a James Watts examinando una radiografía en plena planificación quirúrgica; la tercera retrata a Rosemary Kennedy, hermana del presidente estadounidense, quien fue sometida a una lobotomía a los 23 años. El resultado fue devastador: Rosemary quedó con discapacidad severa el resto de su vida y fue mantenida oculta por su familia durante décadas.

Estas imágenes condensan una lógica de época: la diferencia debía ser corregida mediante intervención física directa. La neurología se volvía ingeniería de la conducta. El cerebro era un objeto a reconfigurar.

En el recorrido curatorial, esta pieza continúa la línea de Hadamar pero en clave civil: ya no se asesina, pero se mutila con el aval médico. El cuerpo neurodivergente se transforma en campo de pruebas, en lugar de ser acompañado o escuchado. La técnica se impone sobre la subjetividad.

A nivel ético, la lobotomía plantea preguntas que siguen resonando: ¿cuánto daño puede justificarse en nombre de la calma? ¿Qué vida se considera valiosa, y quién lo decide? El fracaso de la lobotomía no está solo en sus resultados, sino en su fundamento: suprimir lo que no se entiende.

Esta imagen de la microgalería nos enfrenta con la historia de un procedimiento que, aunque hoy rechazado, fue masivo, celebrado y premiado. Nos recuerda que la violencia institucional no siempre llega bajo formas extremas o ilegales: a veces se presenta como tratamiento, como protocolo, como normalización quirúrgica. Y que por eso, toda clínica debe partir del principio ético de la dignidad.

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