Por Mgter Gabriel Ainciart. Presidente FLEDNI Fundación.
Ubicado en la costa este de la Isla Sur de Nueva Zelanda, el Seacliff Lunatic Asylum fue el mayor hospital psiquiátrico del país desde su inauguración en 1884 hasta su cierre en 1973. Diseñado por el arquitecto Robert Lawson, combinaba ambiciones monumentales con una función de aislamiento: se trataba de mantener la locura lejos del centro urbano, encarnando una visión de control y encierro que había madurado desde los tiempos de Pinel.
Seacliff fue desde el principio una institución conflictiva. Sus muros albergaban a cientos de personas bajo categorías difusas: "trastornos nerviosos", "melancolía", "histeria", o simplemente "conducta anormal". La mayoría eran internadas de forma indefinida, sin un horizonte terapéutico claro. Las condiciones de vida eran duras y, con frecuencia, inhumanas: dormitorios hacinados, aislamiento prolongado, uso de camisas de fuerza y una disciplina punitiva que convertía al tratamiento en castigo.
Uno de los episodios más recordados es el incendio ocurrido en 1942, que causó la muerte de 37 mujeres atrapadas en una sala cerrada. Este hecho conmovió a la opinión pública y evidenció el abandono estructural de quienes estaban bajo "cuidado" psiquiátrico. La tragedia no fue un accidente aislado, sino el resultado de un modelo de internación masiva y descuido sistemático.
Entre las voces críticas surgidas desde dentro se encuentra la de la escritora neozelandesa Janet Frame, quien fue internada en Seacliff en los años 40 y diagnosticada erróneamente con esquizofrenia. Su autobiografía Un ángel en mi mesa relata con claridad el miedo, la alienación y la despersonalización que marcaban la vida en esa institución. Frame salvó su vida gracias a la intervención de un médico que, tras leer su poesía, canceló la lobotomía que tenía programada.
La historia de Seacliff no es una excepción, sino un caso ejemplar del modelo de hospital psiquiátrico que imperó en muchos países del mundo hasta la segunda mitad del siglo XX. Encierro prolongado, medicalización forzada, invisibilización social. Su cierre en 1973 marcó el fin simbólico de una era.
En el recorrido de la microgalería, esta imagen funciona como la consolidación del asilo como institución total. Ya no se trata de cadenas visibles, como en Pinel, sino de arquitecturas completas destinadas a contener la diferencia. El asilo se transforma en paisaje. Pero bajo esa monumentalidad se esconde la repetición del gesto primitivo: separar, marcar, silenciar.
La historia de Seacliff nos recuerda que los muros también pueden ser marcos ideológicos. Y que la lucha por una salud mental basada en derechos no se inicia con una ley, sino con la decisión colectiva de mirar de frente lo que durante tanto tiempo se prefirió esconder.